La Nochebuena de Manolito
de Francisco Vázquez
ACTO PRIMERO
Érase una vez, en la costera y milenaria ciudad de Cádiz, modernizada
hoy en día con grandes edificios, anchas carreteras, vías de tren,
etcétera, vivía la familia de Manolito. Vivían en la tercera planta de
un edificio llamado "Delfín", en el portal número siete; igual que el
número de añitos que había cumplido hacía sólo un par meses.
Manolito no tenía hermanos ni hermanas, pero sí tenía muchos primos y
primas, con los que pasaba la fiesta de Nochebuena en su casa, ya que
esta vez, en aquel año 1999, fueron sus padres los que invitaron a los
demás familiares para celebrar la Nochebuena.
Y así entonces, en un lado del comedor, Manolito observaba a dos de
sus primas mayores que estaban retocando los adornos del árbol de
Navidad.
-A mí me gustaba como estaba antes- opinó Manolito con simplicidad.
-Las guirnaldas estaban muy desordenadas- dijo una de ellas.
-Sí. Le preguntamos a tu madre y nos dijo que podríamos retocarlo-
dijo la otra.
-Pero las bolas de colores las puse bien- comentaba de nuevo
Manolito-, no hace falta que las "retroquéis".
-Se dice retoquéis, no retroquéis- habló de nuevo la primera, en tono
burlesco.
-Tú eres muy pequeño y no entiendes de estas cosas- añadió la segunda,
cambiando de lugar una de las bolas que anunció Manolito.
Pero Manolito recordó que su madre le decía: "los tontos son los que
se burlan de los demás, porque irritan a las madres y acaban todos
castigados, pero si no les haces caso no pasa nada". Así que no se
enfadó, y se marchó al salón, donde jugaban los primos de su edad
inflando globos que repartía uno de los titos. El tito le dio entonces
uno de la bolsita diciéndole:
-¡Toma, Manolito!. ¡A ver si somos capaces de inflarlos todos!.
Entonces se puso a inflar con mucha fuerza y rapidez. Tanta, que en
uno de los soplidos perdió el equilibrio y cayó encima de un globo ya
inflado cual hizo explotar. El tito y sus primos se troncharon de risa
mientras Manolito, que al principio se había asustado, observaba que
no había pasado nada, de forma que igualmente se desarmó de risa junto
a los demás.
-¡No importa que se haya roto- decía Manolito entre risas-, porque
éste ya está lleno!- enseñó el que acababa de inflar, el cual no hubo
soltado a pesar del susto.
-¡Pues, "ala", dámelo con cuidado que voy a hacerle el nudo, y toma
este otro!- le dijo de nuevo el tito.
Pero antes de empezar a inflar el nuevo globo, Manolito se fijó en la
televisión, la cual tenían encendida porque también estaban viendo
unos dibujos animados. Pero lo que Manolito observaba era un anuncio
de publicidad en el que se veían a unas familias muy pobres viviendo
en casas muy antiguas, con pocos muebles, sin adornos de Navidad, y
unos niñitos jugando con apenas unos tacos de madera. Entonces, la voz
del anuncio dijo: "llévales tus juguetes usados; deposítalos en los
recipientes de los supermercados". Seguidamente se puso un poco triste
y fue a la cocina, donde las titas, su madre y la abuela hacían los
preparados para la cena. En la entrada se cruzó con su padre, el cual
se dirigía a la salita llevando un par de vasos largos llenos con eso
que llamaban cubata.
-¡Cuidado, Manolito, que te lo echo encima!- le dijo oportunamente
apartando los brazos.
-¡Uy!- expresó él, deteniéndose.
Entonces, los titos bromearon desde la salita:
-¡Eh, Manolito, las chucherías de los mayores valen mucho dinero, así
que dile a tu padre que no la derrame!.
-¡No se me ha caído nada, quejones!- prorrumpió el padre acercándose a
ellos.
Manolito entró definitivamente en la cocina, sonriente. Sin embargo
recordó el anuncio que vio en la televisión y volvió a sentirse
triste. Se acercó a la madre, le tiró del delantal, y le dijo:
-Mamá, yo voy a darle mis juguetes viejos a los niños pobres.
Entonces una de las titas comentó:
-Lo mismo me dijo mi Cristina ayer cuando vio el anuncio en la tele.
La madre le respondió:
-Claro que sí. Recuérdamelo cuando salgamos a comprar, y meteremos los
juguetes en una bolsa, ¿vale?.
-¡Vale!. ¡Pero lo voy a hacer ahora mismo!- dijo él saliendo de la
cocina.
-Mejor otro día, Manolito, ahora podrías ayudar a la abuela- le dijo
con dulzura.
-Yo también quiero ayudar- expresó Cristina que venía del salón-. ¡No
sé como no se cansan de inflar tantos globos, uf!.
-¡Claro!- le dijo Manolito tirando del delantal de la abuela.
Entonces, la abuela le dijo a los dos:
-Pues a ver, artistas, traedme tres huevos de ahí de la mesa para
terminar la masa de las croquetas caseras.
-Y quita la botella de champagne del filo; no se vaya caer al suelo-
advirtió una de las titas.
-Abuela- decía Cristina-, ¿por qué a los demás primos no les gustan
tus croquetas?.
-Porque a todos no les gustan, pero a vosotros sí, y a los titos
también- dijo la abuela.
-¡Están muy buenas!- expresaba Manolito-. Y el abuelo decía que eran
las mejores del mundo.
-Porque tienen muchas propiedades buenas- corroboró la abuela-.
Traedme la canela, anda, cielos.
-¡Voy!- dijeron los dos a la vez.
Pero al ver que su prima se había adelantado, Manolito se quedó junto
a la abuela y le dijo:
-Abuela, el abuelo nos ve desde el cielo cómo hacemos las croquetas,
¿verdad?.
-Por supuesto que sí- respondió ella, que seguidamente se acercó al
oído de los dos y dijo en voz baja: -Así que te tenemos que hacerlas
muy bien, ¿eh?.
Los dos se miraron sonrientes y se acercaron a la mesa para esperar lo
que les pidiera, como si fueran dos guardianes romanos del portal de
Belén.
Y así, y así, a lo largo de la divertida fiesta, el papá de Manolito
enseñó a éste junto a los demás atreviditos primos, a cómo sujetar las
bengalas encendidas. Después los llevó a la calle para que vieran cómo
estallaban unos petardos que tenía guardados. Y es que se notaba que
el papá de Manolito, cuando era niño, fue un travieso pirómano.
Seguidamente, en el salón, paró la música que se oía incansablemente
en el equipo de música y les dijo:
-¿Qué tal si ahora descansáis un poco en el sillón viendo una película
de dibujos animados?.
-¡Sí!- decían todos y todas mientras él se dispuso a colocar la cinta
en el aparato de video.
-¡Trae, tito, yo sé poner la cinta en el video!- le dijo una de las
primas mayores de Manolito.
-De acuerdo, de acuerdo- expresó él.
Asimismo se marchó a la salita, donde había otra televisión y le
esperaban los otros mayores para jugar a las cartas, los dados, u
otros juegos mientras oían esos programas de chistes y música.
Entonces, mientras los peques veían la película embobados, Manolito se
fijó en el bello portal de Belén que tenían montado sobre una consola
bajo la ventana que daba al exterior. Se levantó del sillón agachado
para no molestar la visión de los primos con la tele, y se acercó
fijándose en el establo del Belén, hecho de corcho y en las figuras de
plástico del niño Jesús y demás, lo que le hizo recordar de nuevo
aquel anuncio de televisión sobre las familias que eran pobres.
Seguidamente enchufó el cable de las bombillitas de colores y el
portal se iluminó. Una bombillita roja iluminaba una fogata que le
enseñó hacer su madre, y otras bombillitas amarillas iluminaban el
establo, etcétera. Manolito sonrió y levantó la vista hacia la
ventana, donde observó algunas estrellas, ya que el cielo estaba en
parte despejado de nubes, y recordó aquella otra gran idea que le dio
su madre de colocar el Belén justo ahí, para que el cielo fuera
auténtico. Sonrió de nuevo y mantuvo la sonrisa hasta que se asomó a
la ventana subiéndose sobre un hueco de la consola. Observó entonces a
un harapiento hombre con su hijo, al cual le decía mientras cruzaban
por un basurero:
-¡Mira, nos llevaremos esa mesita para la televisión!.
-¡Es verdad!- respondía el hijo.
Entonces, Manolito volvió a sentirse triste. Pero se sentó otra vez en
el sillón y continuó viendo la película con sus primos, intentando
olvidarlo.
Cuando acabó la fiesta en mitad de la noche y los familiares se
despidieron hasta el día siguiente, los padres de Manolito le llevaron
a su habitación casi dormido, y en la cama le preguntaron:
-¿Te lo has pasado bien?.
-No mucho- respondió con un poco de pena.
-¿Por qué?- preguntaron el padre y la madre al mismo tiempo.
-Porque las familias pobres no pueden pasar las navidades como
nosotros.
-Pero cada cual hace lo que puede, y tú mañana vas a llevarle los
juguetes viejos- le dijo ella.
-¡Sí!- sonrió Manolito.
-¡Además- añadía el padre-, si una familia está unida nunca será
pobre!.
Manolito asintió con la cabeza. Sus padres le dieron un beso de buenas
noches y se durmió con su pequeña conciencia tranquila.
ACTO SEGUNDO
Sin embargo, no a mucho de dormirse, alguien le siseó desde la misma
puerta de su habitación, una y otra vez, hasta que se despertó y
distinguió la silueta de una persona que estaba asomada. Entonces la
silueta se acercó poco a poco a la cama y le dijo en voz baja:
-Hola, Manolito.
-¿Quién eres tú?- le preguntó, también en voz baja.
-Soy el abuelo.
-¿El abuelo?. Pero mamá me dijo que tú te fuiste al cielo, hace cinco
años.
-Es verdad, pero Dios me ha dejado bajar un momentito porque quería
decirte una cosa.
-¡Y qué es!- se incorporó Manolito entusiasmado.
-Dame la mano, artista.
Y tras tenderle una mano, el abuelo la apretó con las suyas y
empezaron a flotar en el aire, como si estuvieran en un ascensor
invisible. Entonces, el abuelo se dirigió hasta la puerta de la
habitación manteniendo a Manolito cogido de la mano, flotando y
flotando cerca del suelo hasta que cruzaron el salón saliendo a la
calle por la ventana que había encima del Belén. Manolito se tapaba
los ojos con la otra mano para no mirar abajo, pero el abuelo le dijo:
-¡No te preocupes, mientras no te sueltes de mí no te caerás, ja, ja,
ja!. ¡Aprovecha y mira lo bonita que está la ciudad desde aquí!.
Manolito se destapó los ojos y observó el paisaje mientras las frías y
saladas brisas de la noche envolvían su acalorada sorpresa.
Poco después, se aproximaron a un edificio y entraron en él por una
ventana de la segunda planta. La ventana daba a uno de los pasillos de
las escaleras del portal, donde finalmente se quedaron de pie, frente
a una pared continua al ascensor.
-Observa, Manolito; te he traído aquí para que veas que no debes estar
triste por las familias pobres, ya que eso depende de la propia
familia.
-Pero depende del dinero que tengan, ¿no?- le miró su nieto, confuso.
-Bueno, al principio parece que sí, pero las apariencias engañan,
Manolito. ¿Qué te parece si vemos una familia pobre y después una que
no lo sea?.
Manolito decía que sí sólo con la cabeza, ya que ver a una familia
pobre le ponía muy triste.
Entonces, el abuelo formó con un brazo un círculo en la pared al
tiempo que éste se volvía transparente, de forma que observaron a
través de él una casa muy bonita, llena de cadenetas y guirnaldas, un
Belén y un árbol de Navidad grandes y adornados con lucecitas, y todo
así envuelto por los villancicos de un equipo de música, que sonaba
tan bien que las canciones llegaban a cualquier rincón de la casa.
-¡Ja, ja!. ¡Te has confundido, abuelo- le comentaba Manolito
sonriente-, esta no es la familia pobre!.
-¡Bueno, da igual, observemos primero esta familia!- sonreía también
el abuelo.
Entonces, Manolito volvió la cara hacia la pared y se fijó en dos
niños que se estaban peleando por colocar, de una forma u otra, una
figurilla del Belén. Se estuvieron empujando hasta que uno de ellos se
golpeó la nariz con la mesa, se hizo sangre y se puso a llorar. La
madre apareció rápidamente gritando a los dos:
-¡Estaos quietos ya!.
Seguidamente, mientras ella le curaba la nariz, el padre, que se
asustó mucho, los castigó encerrándoles en el dormitorio y
diciéndoles:
-¡Siempre tenéis que hacer una trastada!. ¡Pues vosotros os lo
buscáis!. ¡Ya no vamos a ir a casa de los titos!.
Y la madre añadió:
-¡Para que en Nochevieja hagáis lo mismo!.
Y visto aquello, el círculo de la pared dejó de ser transparente, de
manera que Manolito se volvió a su abuelo y le dijo:
-¡No puedo creer cómo pueden ser tan malos cuando tienen tanto!.
-Y eso que solamente son dos hermanos- prosiguió su abuelo-. No como
la familia que vamos a ver ahora- le cogió otra vez de la mano y,
flotando en el aire, como si estuvieran bajo el mar buceando, salieron
afuera por la misma ventana de antes.
Llegaron hasta una vieja barriada del casco antiguo dominada por casas
de época, que no por ello eran casas feas, sino todo lo contrario, y
quedaron en pie frente a la parte trasera de una de ellas. Entonces,
el abuelo hizo sobre la pared lo mismo que en el edificio, y se pudo
ver en el interior de la casa un sencillo hogar con cuatro adornos
navideños, un pinito en sus primeras semanas de vida decorado con
figuras de papel, y un Belén que construían en ese momento, también
con figurillas de papel, los cuatro hermanitos de aquella familia.
-No consigo hacer bien las patas de las ovejitas- dijo el más pequeño.
-¿Qué tal si terminas de hacer las bolitas de nieve para rellenar lo
que queda de Belén- le decía el mayor, ofreciéndole la caja con los
trocitos de papel- mientras yo termino con las ovejitas?.
-Es que... hacer bolitas de nieve es muy aburrido- sostuvo su
hermanito.
-Pues entonces aparta las ovejitas sin patas, que yo se las pongo
después- solucionó de nuevo el mayor.
-¡Vale!.
Los otros dos, o mejor dicho, las otras dos, pues eran chicas,
terminaban de colorear el bonito paisaje que hubieron dibujado sobre
varios folios pegados, para colocarlos a modo de decorado tras el
Belén. Y entonces aparecieron los padres.
-¡Eh, acabaréis provocando una invasión de ovejitas en el Belén!-
lanzó el padre.
-Así que venga; vestiros que se va hacer muy tarde para ir a casa del
vecino- añadió la madre.
Y los hermanos, entre risas y risas, botaron para ir a lo mandado.
Entonces, el círculo transparente de la pared se fue cerrando, y
Manolito quedó pensativo mientras su abuelo le miraba sonriente.
-¿Qué piensas, Manolito?- le dijo.
-Que en realidad la familia pobre es la primera que vimos, y esta otra
es la familia rica.
-¡Exactamente, hijo!. Rica en espíritu; rica en felicidad- aclaró el
abuelo con el índice de una mano levantado-. ¡Aunque los dos hermanos
de la familia anterior, durante la cena, les pidieron perdón a sus
padres, y ellos le perdonaron!.
-¿Ah, sí?. ¿Al final fueron a casa de sus titos?- preguntó Manolito
con entusiasmo.
-¡Sí!. Pero de nada sirve.
-¿Por qué?.
-Porque volverán a pelearse; esta vez con sus primos, y será difícil
hacerles escarmentar.
-Vaya- expresó Manolito con la cabeza agachada-. Verdaderamente es una
familia más bien, pobre.
-Pero porque los dos hermanos se lo buscan, Manolito, ya que ellos
mismo podrían hacer de su familia una familia rica. Te llevaría a que
lo vieras, pero... - titubeaba el abuelo.
-Ya sé. No hace falta. ¿Para qué iba a querer verlo?- decía Manolito
con lógica, ante el asentimiento del abuelo-. Papá dijo que si una
familia está unida nunca será pobre.
-Y tal y como has visto, tu padre tiene razón.
Se miraron y sonrieron mientras Manolito le daba la mano y le decía:
-¿Nos vamos?.
-Nos vamos.
Y a pesar del precioso viaje, Manolito dio un bostezo, así de grande
era el sueño que tenía. Pronto llegaron a la ventana por donde
salieron antes, aunque tuvieron que frenarse justo delante de ella
porque la encontraron cerrada. No obstante, como el abuelo también
tenía las llaves del piso entraron por el portal; el "Delfín" siete.
-Tu padre se habrá levantado de la cama para cerrar la ventana. Él
siempre ha sido muy friolero. ¡Nos ha dado una buena lección,
porque!... ¿Qué es eso de entrar por la ventana?, ¡ja, ja, ja!...
-¡Ja, ja, ja!- reía Manolito, imaginándose el coscorrón que pudieron
haberse dado.
Asimismo subieron tranquilitos hasta la tercera planta.
Y ya en la habitación, Manolito, al cual se le cerraban los ojos a
pesar de lo bien que lo estaba pasando, se tumbó en la cama mientras
el abuelo le echaba las mantas y le decía que él ahora debía regresar
al cielo.
-Te echamos de menos, abuelo- le dijo Manolito, aunque evitando
ponerse triste.
-Ya lo sé, artista... lo sé porque yo siempre os veo desde arriba. Por
eso no te digo adiós, sino hasta luego- y le hizo cosquillas en la
barriga.
-¡Hasta luego, entonces!- exclamó Manolito más contento.
-Hasta luego- se acercaba el abuelo a la puerta de la habitación- ¡Ah,
Manolito!. ¡Dile a tu abuela que las croquetas no llevan tanta harina,
"córcholis"!.
-¡Ja, ja, ja, vale!.
Y fue saliendo de la habitación agitando la mano.
Al día siguiente Manolito se despertó con la misma sonrisa con la que
se durmió.
Desayunando en la cocina explicó a sus padres lo que le había pasado
durante la noche, y la madre le preguntó:
-¿Y qué te dijo?.
-Que papá tiene razón; que yo no debía estar triste por las familias
pobres, ya que la riqueza depende de la familia.
Acto seguido se fijó en que el árbol de Navidad estaba adornado igual
que antes; tal y como lo hubo adornado él. Miró a su madre y ella le
explicó:
-A última hora tus primas comprendieron que ese árbol de Navidad es
tuyo, y que debían adornarlo tal y como tú lo dejaste.
-¡Pues esta familia es rica, riquísima, millonaria!...- expresaba
Manolito ante las risas de sus padres.
-Voy a por la cámara automática para hacernos una foto- marchaba el
padre a su habitación.
A la vuelta, con la cámara en las manos, se asomó un segundo a la
ventana del salón, miró al cielo, y dijo:
-¡Vaya, es la primera vez que me das la razón en algo, papá!.
Y bien que se diga, "colorín colorado, este cuento se ha acabado".
16 de mayo de 2001
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